TAOISMO


EL HECHICERO

 

En el reino Cheng había un hechicero de gran poder mágico llamado Chi Hsien. Conocía el tiempo de la muerte y la vida, existencia y ruina, desgracia y dicha, longevidad y muerte prematura y señalaba todos estos sucesos con su fecha exacta del año, del mes y de la semana, al igual que un espíritu. Los habitantes de Cheng, de solo verlo, huían de él. Lieh-tzu fue a verlo y quedó embaucado por él. De vuelta, habló del hechicero a su maestro Hu-tzu y díjole: Hasta ahora yo tenía la doctrina de su Merced como la más alta, pero ahora veo que hay otra más alta.

Hu-tzu le contestó: Hasta ahora yo no te había enseñado más que la fachada exterior y no la verdad interior y tú te habías creído que poseías ya el Tao. ¿Pueden acaso empollar los huevos de gallina sin gallo? (ni tu aprender el Tao sin enseñártelo yo). Tu te habías creído, con tu ciencia, más que los hombres del mundo y confiabas en ti. Así te ha conocido. Intenta traerlo y me prestaré yo ha ser diagnosticado por él.

Al día siguiente Lieh-tzu vino con el hechicero a ver a Hu-tzu. El hechicero entró a la casa de Hu-tzu y luego salió y le dijo a Lieh-tzu: ¡Ah! Su maestro es hombre muerto. No puede vivir mucho más de diez días. Yo he visto en él algo raro; he visto el aspecto de cal mojada o muerta. Lieh-tzu entró hecho todo lágrimas hasta mojar su vestido y le contó a su maestro el diagnóstico del hechicero. Hu-tzu le contestó: Ahora yo me he presentado a él bajo el aspecto de tierra en la que la vida está paralizada. Apenas ha podido vislumbrar en mí otra cosa que la paralización del mecanismo de la virtud vital. Intenta traerlo otra vez.

Al día siguiente vino también con él a ver a Hu-tzu. Al salir le dijo a Lieh-tzu Felizmente su maestro ha tenido la suerte de encontrarse conmigo. Está ya para curarse. La vida se desarrolla en él en su plenitud. He visto superada la crisis que había hecho aquella su obstrucción vital. Lieh-tzu entró y dio cuenta a Hu-tzu. Hu-tzu le dijo: Ahora me he presentado ante él bajo el aspecto del Cielo y de la Tierra (en mi ser natural). La fama y las riquezas no había entrado en mi espíritu. La moción vital brotaba en su mismo origen. No ha podido ver otra cosa que la buena función de los resortes vitales. Prueba traerlo otra vez.

Al día siguiente vino otra vez a ver a Hu-tzu. Salió y dijo a Lieh-tzu: A su maestro le falta uniformidad; no he podido hacer ningún diagnóstico. Que trate de conseguir el equilibrio y volveremos a diagnosticar. Lieh-tzu entró e informó a Hu-tzu. Hu-tzu le dijo: Ahora me he presentado a él como el gran vacío; él se ha sentido incapaz. Apenas ha podido ver otra cosa que el mecanismo vital en absoluto equilibrio.  Pero hay profundidades con remolinos producidos por ballenas, profundidades con remolinos en aguas remansadas y profundidades con remolinos en agua corriente. Estos son tres de las nueva clases de abismos. Prueba traerle otra vez.

Al día siguiente vino con él a ver a Hu-tzu. Aun antes de que se plantase de pie ante él, se vio ya perdido y huyó. Hu-tzu dijo a Lieh-tzu: síguele. Lieh-tzu salió tras él pero no pudo alcanzarle. Volvió para avisarle a Hu-tzu a quien dijo: Ha desaparecido, le he perdido de vista, no he podido alcanzarle. Hu-tzu le dijo: Ahora me he presentado ante él sin haber salido aun de mi origen. Me he exhibido ante él en mi vacío ondulante y flexible. No ha podido conocerme. Le he parecido plegadizo, fluido y movedizo y huyó.

Después de esto, a Lieh-tzu le pareció que aun no había comenzado el aprendizaje y se volvió a su casa. No salió de ella en tres años seguidos. Hacia la cocina para su mujer. Daba de comer a los cerdos a los que servía como a personas. Se apartó de los negocios. La piedra preciosa de su espíritu, ya esculpida, la volvió a su original estado bruto. Su aspecto era el de un tarugo que se yergue solitario. En medio de una muchedumbre agitada, se conservaba siempre uno e igual a sí mismo.

 

 

EL SUPUESTO ENFERMO

 

Lung Shu dijo a Wen Chih: Eres maestro en artes extrañas. Yo tengo una enfermedad. ¿puedes curármela?

Solo me has dicho tu deseo – dijo Wen Chih -, pero no los síntomas.

No considero honor, contestó Lung Shu, el ser admirado en mi tierra, no considero desgracia el ser despreciado en mis estados. Los éxitos no me alegran, ni me afectan los fracasos. Miro la vida lo mismo que la muerte, y la riqueza lo mismo que la pobreza. Vivo en mi casa como en una choza y miro mi distrito como un país bárbaro. Afligido como estoy por esta indiferencia de mi corazón, soy incapaz de servir a mi soberano y dirigir mi familia ni mi casa. Quisiera saber qué enfermedad es ésta y qué remedio me darás para curarla.

Entonces Wen Chih le hizo colocar de espaldas a la luz y le miró atentamente.

¡Ah!, dijo al punto, veo que un buen cuadrado de tu corazón está hueco. Estás en vísperas de ser un verdadero sabio. Seis de los orificios de tu corazón están abiertos y limpios, solo el séptimo está obstruido. Esto que sin duda alguna estás tomando por enfermedad no es otra cosa que iluminación divina. En este caso, mis artes mágicas nada pueden.

 

 

LA DIVINA ENFERMEDAD

 

Yang Li, del estado Sung, padecía de una enfermedad llamada amnesia; cualquier cosa que sabía por la mañana, por la tarde ya la había olvidado. Fuera de la casa se olvidaba de andar; dentro se olvidaba de sentarse; a lo mejor no podía explicar nada sucedido, y poco después ya no se acordaba de lo sucedido en aquel momento. Toda su familia estaba disgustada con él. Fueron convocados los adivinos, pero sus profecías resultaron falsas; se convocó a los hechiceros, pero sus exorcismos no surtieron efecto; se llamó a los médicos, pero sus remedios fueron ineficaces. Al fin, un profesor del estado Lu ofreció sus servicios, declarando que le curaría.

La esposa del paciente le ofreció por empezar el tratamiento la mitad de la fortuna que poseían, y el profesor replicó:

Este es un caso que no se ha de resolver con auspicios ni exorcismos. El mal no se puede alejar con oraciones ni con encantamientos; no se ha de combatir con drogas ni pociones. Lo que yo probaré será influir en su mente y torcer la corriente de sus pensamientos. Así será fácil curarle.

Acto seguido empezó el tratamiento. El profesor expuso al paciente al frío hasta que pidiera ropas con que abrigarse, le hizo pasar hambre para que pidiera de comer, le dejó en la oscuridad para que por sí mismo buscara la luz. Pronto pudo decir a la familia que el enfermo estaba en vías de curación, pero que, como el remedio que iba a aplicar era secreto de familia, precisaba despedir a todos los que le rodeaban. Así se hizo, y el paciente y el profesor se encerraron por espacio de siete días en un cuarto. Al séptimo día, la enfermedad que tantos años había durado, había desaparecido.

Tan pronto como recobró el sentido, se encendió en cólera contra su mujer, sus hijos y aun contra el mismo profesor, a quien persiguió siguiéndolo todo el pueblo. Fue preciso arrestarle y, cuando se le preguntó el motivo de su conducta, dijo que había estado muchos años ignorante de la existencia del mundo exterior y que repentinamente había sido despertado a los sucesos del mundo. Las tristezas y las alegrías, el amor y el odio, habían soltado sus mil tentáculos para invadir su estado de paz y estas emociones – dijo – temo que continúen manteniendo mi mente en el desorden que ahora experimento. ¡Ay, si yo pudiera, aunque solo por unos instantes, volver a aquel olvido!

 

LA ENSEÑANZA

 

Lieh-tzu tuvo a Lao Shang como maestro y a Po Kao Tzu como amigo. Cuando adquirió todos los conocimientos que le prestaron estos dos filósofos, volvió a su casa en alas del viento.

Yin Sheng oyó esto y se hizo disipulo suyo, viviendo con Lieh-tzu por espacio de muchos meses sin volver a su casa ni una sola vez. Durante su estancia con él, rogóle que le iniciara en sus artes secretas. Diez veces se lo pidió y no recibió respuesta. Impacientóse, pues, y le anunció que iba a dejarle, pero Lieh-tzu no se dio por aludido.

Así pues, Ying Sheng se marchó, pero después de muchos meses volvió de nuevo, convirtiéndose otra vez en discípulo suyo.

Lieh-tzu le dijo: ¿Por qué este incesante ir y venir?

Ying Sheng le contestó: Hace tiempo, señor, que esperé su consejo, pero nada conseguí. Por esto me enojé con usted, pero ahora he dominado mi enfado y he vuelto.

Lieh-tzu exclamó: Siéntate y te diré lo que aprendí de mi maestro:

Después de servirle y de gozar de la amistad de Po Kao por espacio de tres años, mi entendimiento nada se aventuraba a afirmar de lo bueno y de lo malo, mis labios no se atrevían a hablar de ventajas ni pérdidas. Entonces, por primera vez, mi maestro me dirigió una mirada y eso fue todo.

Al cabo de cinco años se verificó un cambio. Mi entendimiento sabía discernir entre el bien y el mal, y mis labios hablaban ya de provecho y pérdida. Entonces, por primera vez, mi maestro sonrió.

Después de siete años hubo otro cambio. Dejé a mi entendimiento obrar por sí mismo, pero ya no se ocupó más del bien ni del mal. Dejé a mis labios en libertad de acción, pero ya no hablaron de provecho o pérdida. Entonces, al fin, mi maestro me permitió sentarme a su lado.

Al cabo de nueve años más, mi entendimiento dio rienda suelta a sus reflexiones y mi boca dio paso libre a la palabra. De lo recto y de lo no recto, de lo provechoso y de lo inútil yo no tenía ya conocimiento ni en lo que se refería a mí ni a los demás. Ni siquiera sabía si mi maestro era mi instructor, ni si el otro hombre era mi amigo. Lo interno y lo externo estaban juntos en Unión. Después de esto, no había distinción entre oído ni ojo, oreja ni nariz, nariz ni boca. Todo era lo mismo. Mi cerebro estaba helado; mi cuerpo en disolución; mi carne y huesos mezclados. Yo vivía inconscientemente de donde descansaba mi cuerpo y de lo que había bajo mis pies. Yo era llevado de aquí hacia allá por el aire, como las hojas que caen de los árboles. En resumen, yo no sabía si el viento me arrastraba a mí o si yo arrastraba al viento.

Y tú, ¿aún no has pasado una estación completa en casa de tu maestro y ya has perdido la paciencia dos o tres veces? Porque ahora, el aire no levantará ni una partícula de tu cuerpo, ni siquiera la tierra se afectará por el peso de uno de tus miembros. ¿Cómo, pues, esperas caminar en el vacío o ser conducido por el viento?

Oyendo esto, Ying Sheng se sintió hondamente avergonzado y tardó mucho tiempo en pronunciar palabra.